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Cada día cambian de manos 9,6 billones de dólares en los mercados mundiales de divisas. El mundo consume unos 102-103 millones de barriles de petróleo al día —alrededor de 10.000 millones de dólares, si se toma la previsión de un precio medio del Brent para 2026 de unos 96 dólares por barril—. La negociación diaria de divisas es, dicho de otro modo, casi mil veces mayor que el valor de todo el petróleo que el mundo quema en un día. La comparación exige una salvedad: el dólar no es una materia prima de la misma categoría que el petróleo o el trigo. Una moneda que sirve para liquidar el comercio de materias primas opera en un orden de magnitud distinto del de las mercancías que cotiza, de modo que poner ambas cifras una al lado de la otra roza el absurdo. Entender por qué muestra dónde reside el poder en la fontanería de las finanzas mundiales, y dónde la posición del dólar estadounidense es sólida y dónde está expuesta.
La clasificación de las materias primas y sus límites
Cuál es la materia prima más negociada depende del tipo de intercambio que se mida. El volumen físico, contado en toneladas, barriles, metros cúbicos o bushels, da una respuesta. El volumen de contratos financieros, medido por el valor nocional de las operaciones de futuros y al contado, da otra, y ambas tienen poco en común.
El petróleo crudo es el peso pesado del complejo energético. El consumo mundial de petróleo y otros combustibles líquidos ronda los 102-103 millones de barriles diarios, y esa demanda mueve un volumen equivalente de comercio físico por rutas de petroleros, oleoductos e instalaciones de almacenamiento. El gas natural es la segunda gran materia prima energética, pero su mercado tiene otra estructura: la red de gasoductos fragmenta la formación de precios del gas en referencias regionales (el TTF europeo, el Henry Hub estadounidense, el JKM asiático) en lugar de hacerla converger en una sola referencia mundial. Esa fragmentación limita su comparabilidad con el petróleo y hace más difícil agregar de forma significativa su «volumen de negociación» a escala mundial.
Las materias primas agrícolas como el trigo, la soja o el maíz son enormes en tonelaje físico y sostienen algunos de los mercados de futuros más líquidos del mundo. El café es una exportación agrícola de alto valor, pero pequeña en comparación con los cereales. Ninguna de ellas, por separado o en conjunto, se acerca a la escala del comercio del petróleo en volumen financiero.
Las divisas juegan en otra liga. En abril de 2025, su volumen diario de negociación alcanzó los 9,6 billones de dólares, muchas veces el valor anual del comercio mundial de trigo (unos 50.000 millones de dólares) o de las exportaciones de café en grano (unos 34.000 millones de dólares en 2024). Medidas por el volumen diario de transacciones financieras, las divisas, y en concreto el dólar estadounidense, no pertenecen a la misma categoría que ninguna materia prima física.
La objeción es evidente: llamar «materia prima» a una moneda es un error de categoría. En el uso cotidiano, «materia prima» ha pasado a significar algo físico, algo que se cultiva, se extrae o se refina. Los economistas emplean el término en un sentido más amplio, para cualquier bien estandarizado e intercambiable, pero incluso ese uso suele conservar la idea de materialidad. La moneda, en cambio, se emite y se gestiona, y lo que posee quien la tiene es un derecho.
¿Qué hace que algo sea una materia prima?
En economía, una materia prima es cualquier bien estandarizado y fungible, es decir, aquel cuya unidad es intercambiable por otra de la misma calidad. Según esa definición, las divisas cumplen el requisito: un dólar es un dólar, y el mercado de divisas es, en términos estructurales, un mercado de materias primas para monedas nacionales. Los operadores, por su parte, tratan las principales divisas exactamente igual que otras materias primas líquidas: se compran, se venden, se almacenan y se cubren con los mismos instrumentos (futuros, opciones, swaps) que se aplican al petróleo o al trigo.
Conviene trazar esa frontera porque la suposición popular de que la «materia prima más negociada» tiene que ser algo físico oculta cómo funciona la economía mundial. Un sistema construido sobre derechos financieros no puede medirse en toneladas.
Por qué gana el dólar
En abril de 2025, el dólar estadounidense figuraba en uno de los lados del 89,2 % de todas las operaciones de divisas extrabursátiles, las que bancos e intermediarios acuerdan directamente entre sí y no en un mercado organizado. En 2022 había sido el 88,4 %, así que su cuota sigue creciendo. Como en cada operación intervienen dos monedas, las cuotas de todas ellas suman el 200 %; la máxima posible para una sola moneda es el 100 %. El euro, la segunda divisa más negociada, aparecía en el 28,9 % de las operaciones.
Esas cifras son notables para un país cuyo PIB ronda la cuarta parte de la producción mundial. La preferencia del mercado, en cualquier sentido simple, no las explica. Reflejan la estructura del sistema comercial mundial y, en concreto, la convención de facturar el comercio internacional en dólares tanto si Estados Unidos participa en la transacción como si no.
La facturación de las exportaciones, es decir, la moneda en que se denominan los contratos de comercio transfronterizo, muestra hasta dónde llega esa convención. Entre 1999 y 2019 se facturó en dólares el 96 % del comercio en el continente americano, el 74 % en Asia-Pacífico y el 79 % en el resto del mundo fuera de Europa, la única región donde lidera el euro, y ningún dato posterior ha desmentido el patrón. Una empresa japonesa que compra aceite de palma malasio no suele operar en yenes ni en ringgits. El contrato se redacta en dólares, el pago se hace en dólares y, en algún punto de esa cadena, una operación de divisas convierte una moneda nacional en dólares y, al final, los dólares en otra. Esa operación de divisas es lo que cuenta la cifra de negociación diaria.
Los 9,6 billones de dólares son más un síntoma de la supremacía del dólar que su causa. La mayor parte de ese volumen corresponde a bancos y fondos que negocian entre sí, más que a exportadores que liquidan facturas, pero operan en dólares porque en dólares se denominan el comercio, la deuda y las reservas. Visto así, la escala sorprende menos: el mercado es tan grande por decisiones tomadas hace décadas sobre cómo se fijaría el precio del comercio mundial.
La arquitectura de la dependencia
El tamaño contó, pero el dólar no se convirtió en la moneda de liquidación del mundo solo porque Estados Unidos fuera la mayor economía, ni únicamente por preferencia del mercado. El orden monetario de posguerra se construyó a propósito, en torno al dólar.
En la Conferencia de Bretton Woods de 1944, Estados Unidos, por entonces el mayor acreedor del mundo y poseedor de la mayor parte de las reservas mundiales de oro, obtuvo un acuerdo que convirtió el dólar en el ancla del sistema monetario internacional. Las demás monedas se vincularon al dólar; el dólar era convertible en oro a 35 dólares la onza. Se creó el Fondo Monetario Internacional para supervisar el sistema, junto con un Banco Mundial para financiar la reconstrucción. Bajo el sistema de Bretton Woods, el dólar era la unidad en la que se liquidaban las obligaciones internacionales y en la que se expresaban los tipos de cambio.
Cuando Richard Nixon suspendió la convertibilidad del dólar en oro en agosto de 1971 y los tipos de cambio fijos de Bretton Woods fueron desapareciendo durante los dos años siguientes, el dólar no perdió su posición central. En 1971, el sistema financiero mundial ya se organizaba en torno a algo más grande que las reglas de Bretton Woods: el mercado de eurodólares. Los depósitos denominados en dólares mantenidos fuera de Estados Unidos habían crecido sin pausa durante las décadas de 1950 y 1960 y habían formado una enorme reserva de liquidez en dólares fuera del control directo de cualquier gobierno. Los mercados del Tesoro estadounidense ofrecían una profundidad, una liquidez y una previsibilidad jurídica que ninguna alternativa podía igualar.
Tras Bretton Woods, la posición del dólar quedó, si acaso, menos constreñida: libre de la obligación de convertir dólares en oro, Estados Unidos podía incurrir en déficits sin la disciplina que, en teoría, imponía la convertibilidad en oro. Esa centralidad previa del dólar es el cimiento sobre el que se construyó lo que vino después.
En 1974, tras el embargo petrolero de la OPEP, Washington y Riad forjaron un acuerdo político bilateral. En junio, el secretario de Estado Henry Kissinger y el príncipe Fahd, entonces segundo vice primer ministro y ministro del Interior, pusieron en marcha una Comisión Conjunta de Cooperación Económica entre Estados Unidos y Arabia Saudí; en julio, el secretario del Tesoro William Simon viajó a Arabia Saudí y cerró un pacto confidencial por el que el reino reciclaría sus excedentes de ingresos petroleros en títulos del Tesoro estadounidense. El acuerdo nunca se formalizó como tratado, y ningún documento obligaba a Arabia Saudí a vender su petróleo en dólares. El reino siguió facturando en la moneda que su industria petrolera había usado siempre: fijaba el precio de sus exportaciones de crudo en dólares y reciclaba los excedentes de ingresos en dólares en bonos del Tesoro estadounidense y en activos financieros denominados en dólares. Estados Unidos aportaba garantías de seguridad, material militar y respaldo político. La OPEP como organización nunca firmó un compromiso formal de fijar el precio del petróleo en dólares; la convención se mantuvo en todo el cártel y, por efectos de red, reforzó la fijación de precios en dólares en otros mercados de materias primas. Una vez que la mayor materia prima energética del mundo se cotizaba universalmente en dólares, denominar otras materias primas en otras monedas suponía un coste que pocos mercados optaban por pagar, aunque algunos lo hacen: la referencia europea del gas cotiza en euros.
Cómo funciona el reciclaje de petrodólares
El circuito de retroalimentación de los petrodólares funciona así. Los países exportadores de petróleo obtienen ingresos en dólares por ventas cuyo precio se fija en dólares. Esos ingresos se acumulan como excedentes en dólares que hay que invertir en algún sitio. Desde mediados de la década de 1970, una parte significativa de esos excedentes ha ido a parar a bonos del Tesoro y activos financieros estadounidenses, un proceso que los economistas llaman reciclaje de petrodólares. La consecuencia es estructural. Los exportadores de petróleo ayudan a financiar el endeudamiento del Gobierno estadounidense, lo que mantiene bajos los tipos de interés en Estados Unidos y da profundidad al mercado del Tesoro del que otros inversores dependen para obtener seguridad y liquidez. Esa profundidad sostiene la demanda mundial de dólares y, con ella, la convención de facturación que genera el excedente de partida.
El acuerdo subvenciona además la capacidad de Estados Unidos de mantener déficits comerciales persistentes, porque otros países necesitan dólares para comprar petróleo y para tenerlos como reservas, y los aceptan sin estar obligados a ello. Como el acuerdo original era bilateral, informal y dependiente de la credibilidad de Estados Unidos en materia de seguridad, no está redactado en lenguaje de tratado ni requiere renegociación, pero su durabilidad depende de que Estados Unidos mantenga los compromisos de seguridad y la credibilidad financiera que hacen que valga la pena sostenerlo.
Como el petróleo es un insumo de casi cualquier bien manufacturado, la posición del dólar en la fijación de precios de la energía se propaga en cascada. Un fabricante de Vietnam que compra crudo indonesio, una naviera griega que paga el combustible, un productor de fertilizantes de Brasil que adquiere gas natural como materia prima: todas estas operaciones se realizan en dólares o se denominan respecto a referencias en dólares. La moneda penetra en cadenas de suministro que no tienen ninguna conexión directa con Estados Unidos.
Entender por qué el petróleo se cotiza en dólares no equivale a entender cómo cambian de manos esos dólares.
La fontanería: banca corresponsal y SWIFT
Los pagos internacionales no circulan por un canal directo entre quien paga y quien cobra. La mayoría de los bancos, incluida la mayoría de los grandes bancos de fuera de Estados Unidos, no mantienen relaciones bilaterales directas con bancos de todas las demás jurisdicciones. Tramitan los pagos transfronterizos a través de bancos corresponsales: entidades más grandes, por lo general sujetas a la regulación estadounidense, que llevan cuentas en nombre de sus homólogos extranjeros y procesan las operaciones a través de ellas.
Casi todos los bancos que compensan dólares lo hacen, directamente o a través de una cadena de intermediarios, mediante una cuenta en una entidad regulada en Estados Unidos. En consecuencia, los reguladores bancarios estadounidenses, y a través de ellos los organismos de Estados Unidos encargados de aplicar la ley y las sanciones, tienen jurisdicción de facto sobre la mayoría de las transacciones internacionales denominadas en dólares, intervenga o no alguna parte estadounidense. Una operación entre una empresa de Singapur y otra sudafricana, facturada en dólares y liquidada a través de un banco corresponsal de Nueva York, queda bajo supervisión reguladora estadounidense aunque ninguna de las dos empresas tenga sede en Estados Unidos.
SWIFT, la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales, es la red de mensajería a través de la cual más de 11.500 entidades financieras de más de 200 países y territorios envían las instrucciones de pago que hay detrás de las transferencias internacionales. En enero de 2025, la cuota del dólar en los pagos enviados por SWIFT, en valor, superó ligeramente el 50 %, entonces su nivel más alto desde que SWIFT cambió su forma de recopilar los datos a mediados de 2023, y en el verano de 2026 seguía rondando la mitad o algo más. SWIFT no es una infraestructura exclusiva del dólar: por ella circulan también operaciones en euros, libras esterlinas, yenes y otras monedas. Pero la cuota del dólar en el tráfico de SWIFT refleja y refuerza la estructura de banca corresponsal que hace obligatoria la compensación en dólares para tantas transacciones internacionales.
La fuente del poder del dólar está un nivel por debajo de SWIFT, en la arquitectura de banca corresponsal que da a los reguladores estadounidenses alcance sobre casi cualquier transacción en dólares en cualquier lugar del mundo. SWIFT transmite ese poder y hace que la arquitectura sea legible y esté interconectada; la palanca en sí opera en el nivel de la compensación.
Rusia, SWIFT y el coste de la exclusión
En marzo de 2022, tras la invasión rusa de Ucrania, la Unión Europea, en coordinación con Estados Unidos y el Reino Unido, ordenó expulsar de la red de mensajería SWIFT a siete bancos rusos: VTB Bank, Vnesheconombank, Rossiya Bank, Sovcombank, Bank Otkritie, Novikombank y Promsvyazbank. Sberbank, el mayor de Rusia, quedó inicialmente exento para preservar los flujos de pagos energéticos de la UE y fue excluido en una ronda posterior de sanciones, unos tres meses después. El efecto inmediato fue considerable: las entidades rusas perdieron el acceso a la infraestructura estándar de pagos internacionales, lo que complicó la financiación del comercio, la banca corresponsal y las operaciones de divisas.
El efecto a más largo plazo ha sido más complejo. Rusia aceleró el uso del SPFS, su sistema nacional de mensajería financiera, y amplió los acuerdos de liquidación bilateral con China, la India y otros socios comerciales. El Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos de China (CIPS), ya operativo, se convirtió en una infraestructura alternativa más atractiva para las entidades no occidentales que buscaban reducir su exposición a SWIFT. El proyecto mBridge, entonces todavía bajo los auspicios del Centro de Innovación del BPI, subió puestos en las agendas de desarrollo. La exclusión de 2022 mostró el alcance de la infraestructura del dólar vinculada a SWIFT y también su vulnerabilidad específica: el propio poder de la exclusión como herramienta de política exterior da a otros actores un incentivo concreto para construir alternativas. Ese incentivo ya está acelerando la construcción de sistemas paralelos, que reducen la dependencia del dólar en el margen sin desplazar el sistema del dólar.
La estructura de banca corresponsal deja el dominio del dólar atrincherado en lo operativo. Las alternativas no son literalmente imposibles, pero construir alternativas creíbles exige años de inversión, coordinación regulatoria y aporte de liquidez, y ninguna declaración política permite atajar ese camino. Las ventajas que Estados Unidos obtiene de ese arraigo tienen nombre desde los años sesenta.
El privilegio exorbitante
La expresión la acuñó Valéry Giscard d’Estaing, ministro de Finanzas de Francia a mediados de los años sesenta, y con ella nombraba algo concreto: la capacidad de Estados Unidos de acumular deuda externa en una moneda que solo él podía emitir. A menudo se atribuye a Charles de Gaulle, que fue sin duda su crítico más teatral. En una rueda de prensa del 4 de febrero de 1965, De Gaulle formalizó la queja: Estados Unidos podía endeudarse con el mundo prácticamente gratis, cubriendo sus déficits con dólares que otros países estaban obligados a mantener. En su relato, el emisor de la moneda de reserva disfrutaba del privilegio y todos los demás pagaban por él.
El privilegio tiene tres dimensiones concretas, que funcionan como un único sistema que se refuerza a sí mismo y que la expresión de Giscard comprimió en un solo agravio.
Los bancos centrales de todo el mundo mantienen dólares como reservas; la cuota del dólar en las reservas mundiales de divisas era del 56,7 % a mediados de 2026. Esa demanda de reservas crea una demanda estructural de deuda pública estadounidense, porque los bancos centrales extranjeros acumulan dólares sobre todo comprando bonos del Tesoro de Estados Unidos, y abarata el endeudamiento estadounidense. Unos costes de financiación más bajos ayudan a sufragar los compromisos militares y políticos que sostienen las garantías de seguridad en que se apoya el acuerdo de los petrodólares, y así refuerzan la convención de facturación y la demanda de reservas. La ventaja de la moneda ya establecida protege esa posición menos de lo que suele suponerse, pues el dólar y la libra esterlina compartieron ese papel en los años veinte del siglo XX, y esa posición solo perdura mientras Estados Unidos mantenga en orden su casa fiscal y financiera.
La segunda dimensión es la capacidad de mantener déficits por cuenta corriente persistentes sin provocar una crisis de balanza de pagos. Los demás países tienen que ganar divisas para pagar sus importaciones; un país con déficit tiene que corregirlo en algún momento, ya sea mediante la depreciación o mediante el ajuste de la demanda interna. Estados Unidos paga sus importaciones en dólares, y los demás países necesitan esos dólares para liquidar contratos de petróleo, atender su deuda externa y tenerlos como reservas. Estados Unidos convierte esto en ingresos: se endeuda a corto plazo en dólares e invierte a largo plazo en activos extranjeros más arriesgados, con lo que obtiene un exceso de rentabilidad persistente. La otra cara del trato es que en las crisis mundiales, Estados Unidos absorbe grandes pérdidas de valoración, de modo que el exceso de rentabilidad funciona como una prima de seguro que paga el resto del mundo.
La tercera dimensión es el poder de sancionar. La infraestructura del dólar da a Estados Unidos la capacidad de imponer el aislamiento financiero a sus adversarios con un coste directo relativamente bajo para sí mismo. Para un país profundamente integrado en los flujos comerciales en dólares, la exclusión de la compensación en dólares, o de SWIFT cuando sus supervisores europeos actúan junto a Washington, puede ser económicamente grave, y ningún otro emisor de moneda dispone de una palanca comparable.
La crítica tiene también una versión interna. El privilegio beneficia sobre todo al sector financiero estadounidense y a la capacidad de endeudamiento del Gobierno. Sus costes, en forma de déficits crónicos por cuenta corriente, competitividad exportadora deprimida y sectores manufactureros vaciados, recaen de manera desproporcionada sobre los trabajadores estadounidenses de las industrias expuestas al comercio exterior. El dominio del dólar refuerza las condiciones en que resulta más fácil sostener déficits persistentes, aunque la relación causal entre la condición de moneda de reserva y el declive manufacturero es discutida, y el cambio tecnológico, las instituciones del mercado laboral y la política comercial tienen también un peso propio considerable. La reacción política contra esas consecuencias estructurales es ya un rasgo duradero de la política estadounidense, y condiciona la sostenibilidad interna del privilegio de un modo en que no lo hace la rivalidad geopolítica.
Las amenazas reales y las falsas
Las afirmaciones más ruidosas sobre el desplazamiento del dólar proceden de declaraciones geopolíticas: cumbres de los BRICS que anuncian agendas de desdolarización, debates sobre un petroyuan, funcionarios chinos y rusos que anuncian el fin inminente de la hegemonía del dólar. Esas afirmaciones no resisten el contacto con la fontanería: puede que el dominio del dólar no sea permanente, pero descansa sobre una infraestructura que las declaraciones no pueden sustituir.
La posición del yuan en el sistema financiero internacional ilustra la distancia. A mediados de 2026, el yuan representaba alrededor del 2 % de las reservas mundiales de divisas y alrededor del 3 % del valor de los pagos mundiales por SWIFT, lo que lo situaba en quinto lugar entre las monedas, cuando a mediados de 2024 rondaba el 4,5 %. Ninguna de las dos cifras apunta a una moneda a punto de desplazar al dólar. La restricción estructural es la convertibilidad. China mantiene controles de capital que impiden la libre circulación transfronteriza del yuan que exige una moneda de reserva a la escala del dólar. Los bancos centrales y las entidades financieras extranjeros quieren mantener, mover y utilizar un activo de reserva con las menores restricciones posibles, y hoy el yuan dista mucho de ofrecerlo. La liberalización de la cuenta de capital es técnicamente factible, de modo que la condición no tiene por qué ser permanente, pero es una restricción real que los comunicados de los BRICS no abordan, y levantarla exige decisiones políticas con costes internos considerables.
La mayor parte de lo que ocurre es reducción de riesgos más que desdolarización. Los países están reduciendo su exposición a la infraestructura del dólar diversificando sus reservas de divisas, ampliando los acuerdos de liquidación bilateral e invirtiendo en sistemas de pago alternativos, sin contar con un sustituto viable. Son coberturas que, sumadas, diluyen el papel del dólar sin reemplazarlo.
La diversificación de reservas es la más gradual y menos espectacular de las amenazas reales. La cuota del dólar en las reservas mundiales de divisas ha bajado de alrededor del 71,5 % en 2001 al 56,7 % a mediados de 2026. El descenso es lento y no lineal, con años de estabilidad e incluso de recuperación parcial, pero la dirección se mantiene a lo largo de un cuarto de siglo. Una caída de unos quince puntos porcentuales supone un cambio estructural en la composición de las carteras de los bancos centrales. El dólar sigue siendo dominante, pero su dominio se contrae en el margen, y esa contracción no requiere un sucesor.
Más disruptiva a largo plazo, aunque más lenta en materializarse, es la construcción de una infraestructura de pagos alternativa. El Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos de China (CIPS) está operativo y crece. El proyecto mBridge, una plataforma multidivisa de pagos transfronterizos desarrollada bajo los auspicios del BPI, alcanzó la fase de producto mínimo viable a mediados de 2024, y en octubre de ese año el Banco de Pagos Internacionales lo traspasó a los bancos centrales y autoridades monetarias participantes de China, Hong Kong, Tailandia, los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, cuyo banco central se había incorporado ese mismo año como participante de pleno derecho. Arabia Saudí puso fin a su participación tras completar una prueba de concepto en mayo de 2025, una retirada que no se hizo pública hasta septiembre de 2026. La Autoridad Monetaria de Macao se había sumado antes en 2026 y activó el sistema para los bancos de Macao el 2 de junio. A finales de 2025, mBridge había procesado unos 55.000 millones de dólares en volumen acumulado de transacciones, de los que alrededor del 95 % se liquidó en el yuan digital de China. Ese volumen es pequeño frente al tráfico diario de SWIFT; lo que importa es si sigue creciendo.
CIPS y mBridge: la fontanería alternativa
El CIPS, el Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos de China, se lanzó en 2015 como sistema de banca corresponsal y de liquidación denominado en yuanes. Está concebido para que las entidades internacionales compensen y liquiden pagos en yuanes al margen de las cadenas de corresponsalía en dólares, aunque la mayoría de los pagos del CIPS siguen viajando por la mensajería de SWIFT. A finales de 2025, el CIPS contaba con casi 1.800 participantes, la mayoría indirectos, en 124 países y regiones. Sus volúmenes de transacciones siguen siendo una fracción de los de SWIFT, pero el CIPS crece, sobre todo en los corredores comerciales entre China y el Sudeste Asiático, Oriente Próximo y partes de África.
mBridge es un proyecto de otro tipo: una plataforma de moneda digital multibanco central diseñada para permitir a los bancos comerciales participantes liquidar pagos transfronterizos directamente en monedas digitales de bancos centrales, sin pasar en absoluto por la banca corresponsal. Desarrollada inicialmente en el Centro de Innovación del BPI, hoy la gestionan los bancos centrales y autoridades monetarias de China, Hong Kong, Tailandia, los Emiratos Árabes Unidos y Macao. Sus aproximadamente 55.000 millones de dólares en transacciones a finales de 2025 representan una prueba de concepto a escala mínima viable. Ni el CIPS ni mBridge suponen un sustituto inminente de SWIFT; ambos son inversiones serias en infraestructura que reducen en el margen las barreras técnicas a la liquidación sin dólares.
La amenaza menos visible y más inmediata es interna. El privilegio ha venido acompañado de déficits por cuenta corriente persistentes, mientras Estados Unidos absorbe el ahorro en dólares del mundo a cambio de bonos del Tesoro y activos financieros, y los costes que los estadounidenses asocian a ese trato atraviesan hoy la política nacional. Sostener el privilegio requiere voluntad política para mantener abiertas las cuentas de capital, profundos los mercados del Tesoro y financiados los compromisos internacionales. Esa voluntad no está garantizada, y su erosión desde dentro es una amenaza más inmediata que la moneda de cualquier rival exterior.
Las amenazas que importan son, por tanto, internas y graduales: la sostenibilidad política de los costes que el privilegio impone dentro del país y la construcción lenta y en gran medida invisible de una infraestructura alternativa por parte de actores con incentivos concretos para reducir su dependencia de un sistema que no pueden controlar.
Dilución
Por sí sola, la cifra de 9,6 billones de dólares diarios no es más que un número grande, uno que hace parecer modesto el petróleo crudo y anómalo el dólar. Los mecanismos que la construyeron fueron visibles y deliberados: una conferencia en Bretton Woods, los acuerdos de 1974 negociados por Henry Kissinger y William Simon, un sistema de compensación que canaliza los dólares del mundo a través de Nueva York. Los que lo erosionarán cuestan más de ver: un lento descenso de la cuota en las reservas, una lista creciente de participantes en el CIPS, una plataforma digital cuyos volúmenes siguen siendo pequeños, una coalición política interna que ha decidido que no merece la pena soportar los costes del privilegio.
Ninguno de estos procesos equivale a un desplazamiento. Su efecto combinado es una dilución, una diversificación gradual de la fontanería que hay bajo el dólar. La cuota del dólar en la próxima encuesta sobre la negociación de divisas quizá apenas se mueva mientras la arquitectura que tiene debajo sigue cambiando.
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Principales fuentes y referencias
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