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Este artículo ha sido traducido automáticamente. La versión original está disponible en inglés.

En marzo de 2025, la Comisión Europea presentó ReArm Europe, un plan para movilizar hasta 800.000 millones de euros en defensa. A las pocas semanas ya se llamaba Readiness 2030, porque Italia y España habían objetado su nombre militarista. Hasta 650.000 millones saldrían de permitir a los Estados miembros activar la cláusula de escape nacional de las reglas fiscales de la UE y gastar más en defensa; otros 150.000 millones llegarían en forma de préstamos de la UE para compras conjuntas de defensa. Era la iniciativa de defensa más ambiciosa que la UE había intentado jamás en tiempos de paz, y la cifra era lo bastante grande para acaparar los titulares durante una semana.

Catorce años antes, la OTAN había ido a la guerra contra Libia. En menos de un mes, a la Alianza empezaron a escasearle las bombas de precisión. Solo ocho de sus veintiocho miembros aportaron fuerzas de combate. La mayoría de esos ocho agotaron sus municiones y tuvieron que comprar más, a precio de coste, de los arsenales estadounidenses. Las reservas europeas de bombas guiadas por láser, el arma predilecta de una campaña aérea moderna, se vaciaron tan deprisa que a mediados de abril de 2011, con menos de cuatro semanas de operaciones, había responsables que se preguntaban abiertamente si la campaña podría continuar sin una implicación estadounidense más profunda. La guerra de siete meses contra Muamar el Gadafi se libró contra un país sin una marina digna de ese nombre y sin aliados, cuyas fuerzas un ensayo publicado por Carnegie Europe calificó de «uno de los ejércitos más débiles del mundo».

Aquella campaña bastó para dejar al descubierto una base industrial y militar europea incapaz de sostener siquiera una operación aérea modesta. Europa planea ahora movilizar hasta 800.000 millones de euros para la defensa, y ya nadie discute si debe rearmarse.

Lo que importa es qué puede comprar ese dinero, y eso depende del ritmo de las fábricas, de la arquitectura de mando, de los calendarios políticos y de las limitaciones materiales concretas que impone fabricar un proyectil de artillería de 155 mm. Medidos con esa vara, los plazos que se barajan en las capitales europeas son casi con toda seguridad insuficientes.

La subvención que nadie llamaba subvención

Durante la mayor parte de la historia de la OTAN, Estados Unidos garantizó la seguridad europea y Europa pagó solo una parte de la factura. El acuerdo recibió varios nombres, entre ellos disuasión extendida, pacto transatlántico o paraguas de seguridad, pero su lógica económica era sencilla. Estados Unidos ponía la columna vertebral militar de la defensa europea. Europa gastaba lo ahorrado en otras cosas.

Al terminar la Guerra Fría, los miembros europeos de la OTAN dedicaban a la defensa aproximadamente el 2,5 % de su PIB conjunto. En 2014, medido según los criterios contables propios de la UE, que arrojan cifras inferiores a las de la OTAN, el gasto en defensa de la UE de los Veintisiete había caído al 1,1 % del PIB, el punto más bajo desde el final de la Guerra Fría. Alemania, la mayor economía del continente, tocó fondo en torno al 1,1 % en 2015. Medido respecto a la directriz del 2 % de la OTAN, el ahorro acumulado de los miembros europeos de la OTAN desde 1991 se estima en 1,8 billones de euros.

Ese dinero nunca estuvo guardado en un fondo de reserva a la espera de otro destino. Se gastó, año tras año, en otras partidas del presupuesto, o ni siquiera llegó a recaudarse como impuestos: obligaciones de pensiones que daban por hecho que el gasto en defensa seguiría siendo bajo, sistemas sanitarios ampliados durante décadas de holgura fiscal, presupuestos educativos, programas de vivienda social, infraestructuras de transporte y la propia arquitectura fiscal de la integración europea. Cuando el presupuesto de defensa alemán bajó de cerca del 2,5 % del PIB a finales de los años ochenta a apenas algo más del 1 % a mediados de la década de 2000, el ahorro ayudó a pagar el Estado del bienestar y la reunificación. Francia volcó su dividendo de la paz en su sistema de protección social, el más generoso de la UE, que absorbe aproximadamente un tercio del PIB. En todo el continente, el hueco que dejaban los presupuestos de defensa exiguos se llenó con los programas sociales que los votantes europeos habían llegado a dar por sentados.

El Pacto de Estabilidad y Crecimiento, acordado en 1997 mientras los presupuestos de defensa seguían cayendo, fijó techos de déficit y de deuda que no distinguían entre un tanque y una pensión. Dentro de esos límites, el gasto militar tenía que competir cada año con todas las demandas internas sobre el presupuesto, en una eurozona que daba por hecho que la defensa seria era problema de otros. Durante la mayor parte de tres décadas esa premisa se sostuvo, y los presupuestos de defensa exiguos rara vez tuvieron que justificarse.

«Gastar más en defensa» se queda corto para describir el problema. En tres décadas, el dividendo de la paz se convirtió en compromisos que definen el contrato social entre los gobiernos europeos y sus ciudadanos, y ningún decreto ministerial puede reasignarlos. Darle la vuelta significa subir impuestos, endeudarse más o sacar el dinero para tanques y munición de las pensiones, la sanidad y la educación que mantienen unidos los acuerdos de coalición y a los gobiernos en el poder. Endeudarse es la opción menos dolorosa de las tres, y los gobiernos más endeudados de Europa son los que menos margen tienen para ello. Ningún primer ministro en un parlamento elegido por representación proporcional se ofrece voluntario para las otras dos mientras la oposición pueda hacer campaña contra recortar pensiones para comprar misiles. La mayoría de los votantes europeos han pasado toda su vida adulta en una Europa en la que los estadounidenses pagaban la seguridad, y pocos esperaban que eso cambiara.

Estados Unidos lo dijo en público. Robert Gates, en su último discurso programático como secretario de Defensa, pronunciado en Bruselas el 10 de junio de 2011, advirtió de «la posibilidad real de un futuro sombrío, si no desolador, para la alianza transatlántica». Describió una alianza de dos niveles en la que un número cada vez menor de miembros soportaba una parte cada vez mayor de la carga, mientras el resto se aprovechaba de la disposición estadounidense a pagar. El discurso fue uno de los más contundentes que un secretario de Defensa había dirigido nunca a las capitales aliadas. Los gobiernos de la UE tomaron nota de la advertencia y siguieron gastando alrededor del 1,2 % del PIB en defensa.

Tres años después, Rusia se anexionó Crimea e invadió el este de Ucrania. Si algo iba a sacudir a los gobiernos europeos hasta hacerlos gastar, era la primera anexión por la fuerza de territorio de un Estado europeo desde 1945. La cumbre de Gales de ese año alumbró el compromiso del 2 %, el intento de la OTAN de dar forma oficial a lo que Gates venía exigiendo. Todos los aliados se comprometieron a avanzar hacia ese nivel de gasto en defensa en el plazo de una década.

Durante la mayor parte de esa década, solo un puñado de miembros lo cumplió. Todavía en 2023 eran apenas diez: Estados Unidos, el Reino Unido, Grecia y un grupo de aliados del norte y del este más próximos a Rusia, mientras Alemania, Francia, Italia y España se quedaban cortas. La mayoría trató el objetivo como los gobiernos europeos tratan casi todos los compromisos exteriores: reconocido en la cumbre, citado en discursos posteriores y supeditado a las prioridades de gasto interno en cuanto se apagaban las cámaras. Solo en 2024, con las tropas rusas en lo más hondo de Ucrania, previó la OTAN que 23 de sus 32 miembros lo alcanzarían por fin, y las cifras revisadas que se publicaron un año después rebajaron el recuento de 2024 a 18. Según las estimaciones de la OTAN, todos los aliados lo alcanzaron por fin en 2025.

Referencias de la Guerra Fría

Con los parámetros de la Guerra Fría, la anomalía es la norma posterior a ella, de entre el 1 y el 2 % del PIB. Durante la Guerra Fría, los miembros europeos de la OTAN gastaban habitualmente entre el 3 y el 5 % del PIB en defensa. El Reino Unido gastaba entre el 6 y el 7 % del PIB a principios de los años sesenta y alrededor del 5 % durante los setenta. Francia gastó cerca del 3 % durante los ochenta, y Alemania Occidental, entre el 2,5 y el 3 %.

Además, el dinero tiene que convertirse en armas, y las fábricas que lo hacían estuvieron entre lo primero que desmanteló el dividendo de la paz.

A pie de fábrica

Supongamos que el dinero aparece y que los gobiernos europeos encuentran los impuestos, la deuda o los recortes presupuestarios necesarios para duplicar o triplicar su gasto en defensa. Ese dinero aún tiene que comprar cosas que las fábricas del continente todavía no pueden producir en las cantidades necesarias.

La capacidad industrial de defensa europea se atrofió de forma deliberada a lo largo de tres décadas de inversión insuficiente. Reconstruirla choca con tres cuellos de botella que ninguna ley presupuestaria puede resolver con rapidez.

El primero es la munición. Antes de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en febrero de 2022, la producción europea de proyectiles de artillería de 155 mm, la moneda básica de la guerra terrestre, era modesta. La Ley de Apoyo a la Producción de Municiones de la UE fijó como objetivo una capacidad de producción de dos millones de proyectiles al año para finales de 2025, casi seis veces el nivel de 2022. La producción rusa de proyectiles se estimaba en unos 250.000 al mes en 2024, y ha crecido desde entonces. Incluso los aproximadamente 267.000 proyectiles mensuales que el Atlas Institute for International Affairs prevé para la OTAN en 2026, si se materializan, solo igualarían el ritmo ruso de 2024: paridad con un único adversario, y únicamente si ninguna otra contingencia reclama munición al mismo tiempo. En noviembre de 2025, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, afirmó que la Alianza ya producía más munición que Rusia, pero no dio cifras, y las estimaciones publicadas de la producción rusa de proyectiles siguen superando a las occidentales.

Dentro de ese cuello de botella, la limitación más severa son los explosivos. A Europa le queda una sola gran fábrica de TNT: Nitro-Chem, en Bydgoszcz (Polonia), cuando al terminar la Guerra Fría había siete. Produce unas 10.000 toneladas al año, y buena parte de su producción futura ya está comprometida, incluido un contrato firmado en 2025 para suministrar 18.000 toneladas a programas de armamento estadounidenses entre 2027 y 2029. Una segunda línea de producción duplicará la capacidad, pero le faltan entre tres y cuatro años para estar terminada. En Suecia, Swebal construye la primera fábrica nueva de TNT del país desde la Guerra Fría, que debería empezar a producir en 2028. La ley europea de municiones destinó tres cuartas partes del presupuesto de su programa a pólvora y explosivos, porque ahí es donde la limitación aprieta con más fuerza.

El segundo cuello de botella es la defensa antiaérea. El almirante Pierre Vandier, de la OTAN, ha advertido de que las nuevas baterías Patriot podrían tardar unos siete años en llegar, y la cola de pedidos aliados de interceptores supera los 4300 misiles. Los interceptores PAC-3 MSE salen de la cadena de montaje a un ritmo de unos 620 al año. En los cuatro primeros días de la guerra de Irán de 2026, las fuerzas de la coalición dispararon interceptores Patriot a un ritmo estimado de 225 al día. El principal cuello de botella de la producción es la planta de buscadores de Boeing en Huntsville (Alabama), un solo edificio que fabrica el componente crítico del sistema de defensa antiaérea terrestre más importante de la Alianza. Un acuerdo marco firmado en enero de 2026 aspira a más que triplicar la capacidad, hasta unos 2000 al año, para 2030. Europa, entretanto, solo dispone de una capa propia muy fina. El sistema franco-italiano SAMP/T puede interceptar misiles balísticos de corto alcance en su fase final, pero el continente no tiene ningún interceptor exoatmosférico propio. Su primer escudo de capa superior de propiedad europea, la batería Arrow 3 de Alemania, se declaró operativo en diciembre de 2025 y se compró a Israel. Las instalaciones de capa superior que ya protegían el continente, las bases Aegis Ashore de Rumanía y Polonia, son estadounidenses, y la mayor parte del resto del paraguas son Patriot de fabricación estadounidense.

El tercero es la infraestructura logística. El Plan Operativo para Alemania de la Bundeswehr contempla que hasta 800.000 soldados aliados y 200.000 vehículos transiten por territorio alemán y necesiten abastecimiento en los seis meses siguientes al estallido de un gran conflicto. La red ferroviaria, las carreteras y los puentes de Alemania, deteriorados por décadas de inversión civil insuficiente, a menudo no pueden soportar el transporte militar pesado. Unas 4000 estructuras de puentes en los corredores de autopista más transitados del país necesitan modernizarse o sustituirse, y muchas no pueden soportar un carro de combate moderno, que pesa más de sesenta toneladas.

Mientras tanto, los ferrocarriles de los países bálticos siguen funcionando casi por completo con el ancho de vía ruso, incompatible con el ancho estándar de Europa occidental; el único enlace de ancho estándar, terminado en 2015, va de la frontera polaca a Kaunas. Rail Baltica, una nueva línea de ancho estándar a través de Estonia, Letonia y Lituania, debía resolverlo. Su coste estimado se ha disparado de 5800 millones a 23.800 millones de euros. En enero de 2026, el Tribunal de Cuentas Europeo concluyó que la línea no estará terminada en 2030: para esa fecha solo se mantiene como objetivo una primera fase básica, y el proyecto completo no tiene plazo alguno.

La campaña de Libia puso cifras a todo esto. En siete meses contra Gadafi, los aviones de la OTAN realizaron más de 26.500 salidas, más de 9700 de ellas de ataque. Ese fue el esfuerzo total necesario para sostener una campaña aérea modesta contra un adversario débil. Las fuerzas aéreas europeas estuvieron a punto de no poder con él; en Libia se quedaron cortas de bombas en menos de un mes. Contra Rusia, cuya producción de proyectiles por sí sola se cuenta en millones al año, un esfuerzo comparable quedaría muy lejos de lo que Europa podría sostener.

¿Cuánto costaría sustituirlo?

Dos grandes estimaciones enmarcan el debate, y discrepan menos en el precio que en la ambición. El IISS calcula que sustituir las principales capacidades convencionales de Estados Unidos en Europa costaría alrededor de un billón de dólares a lo largo de veinticinco años, sin contar la disuasión nuclear ni las capacidades de inteligencia, espaciales y cibernéticas. Esa cifra cubre los cerca de 128.000 efectivos estadounidenses que Washington comprometería en una gran guerra europea, además de las fuerzas aéreas, marítimas y de apoyo. El Instituto de Kiel cifra una autonomía europea selectiva, centrada en diez carencias de capacidad prioritarias, en unos 50.000 millones de euros al año, aproximadamente 500.000 millones en una década o alrededor del 0,25 % del PIB europeo, y sostiene que el cuello de botella es la voluntad política y no el dinero. El verdadero desacuerdo está en qué significa «autonomía estratégica»: qué parte de lo que hoy aporta Estados Unidos debe sustituir Europa y de qué parte puede prescindir. Bruselas aún no ha zanjado la cuestión.

El problema del mando

Aun con el dinero encontrado y las fábricas construidas, la arquitectura institucional de la OTAN dejaría una dependencia de otro tipo, que impregna la manera en que los ejércitos europeos planifican y combaten.

La estructura de mando de la OTAN se diseñó en torno al liderazgo estadounidense, desde los cimientos, a lo largo de siete décadas. La Alianza funciona con sistemas de inteligencia estadounidenses, comunicaciones por satélite estadounidenses y procesos de planificación estadounidenses. Las fuerzas europeas se concibieron como componentes modulares destinados a encajar en una arquitectura dirigida por Estados Unidos, no como formaciones independientes capaces de planificar y ejecutar por sí solas operaciones en todo un teatro de operaciones. La premisa, incorporada a las adquisiciones y a la instrucción, era que los estadounidenses siempre dirigirían el sistema. Hace tiempo que oficiales europeos dirigen algunos de los cuarteles generales conjuntos de la OTAN, y en febrero de 2026 los aliados acordaron que los europeos asumirán en los próximos años los tres Mandos Conjuntos de Fuerzas, pero el mando supremo que está por encima de ellos, y la mayor parte de la inteligencia y de los medios de apoyo de los que dependen, han seguido en manos estadounidenses. Los servicios de inteligencia aprendieron a contribuir a las evaluaciones estadounidenses en lugar de elaborar sus propias visiones estratégicas, y los planificadores logísticos, a solicitar transporte aéreo estadounidense en lugar de organizar el suyo.

No existe un equivalente europeo del Mando Central ni del Mando Europeo de Estados Unidos: ningún mando de combate unificado capaz de dirigir de forma independiente una campaña a escala continental. El Estado Mayor de la UE existe, pero no tiene una autoridad de mando operativo comparable a la que despliega Washington. El Cuartel General Supremo de las Potencias Aliadas en Europa de la OTAN siempre ha estado al mando de un estadounidense. Técnicamente, el puesto no está reservado a un oficial de Estados Unidos. En la práctica, nunca lo ha ocupado nadie más.

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Las capacidades que faltan son concretas. Más allá de la capa superior de la defensa antimisiles, Europa depende de la inteligencia, la vigilancia y el reconocimiento espaciales de Estados Unidos para buena parte de lo que hace posible la guerra moderna: la cobertura por satélite, las comunicaciones y la fusión de inteligencia en tiempo real que convierte los datos en bruto en soluciones de tiro. Francia opera sus propios satélites de reconocimiento, de inteligencia de señales y de comunicaciones militares, y el Reino Unido, Alemania e Italia operan sistemas nacionales de satélites militares más pequeños, pero ninguna flota europea se acerca a la escala estadounidense. Para todo lo demás, los ejércitos europeos se conectan a sistemas de propiedad estadounidense y contribuyen a ellos, pero no son sus dueños, y el dueño puede apagarlos.

El historial operativo lo confirma, empezando por Kosovo en 1999. La campaña aérea que la OTAN presenta como su gran éxito de la posguerra fría fue, en términos operativos, una guerra estadounidense con participación europea.

Estados Unidos realizó cerca del 60 % de todas las salidas, llevó a cabo la mayoría de las misiones de ataque y de los bombardeos de precisión, se encargó del grueso de la supresión de las defensas aéreas enemigas y aportó la arquitectura de inteligencia que hizo posible la campaña. El Reino Unido, Francia y Canadá figuraron entre los pocos aliados que también lanzaron armas guiadas de precisión.

Libia en 2011 se vendió en las capitales europeas como la prueba de que el continente podía dirigir una operación militar. Steven Erlanger, el autor del ensayo, constató que dependió de Estados Unidos para «las fases iniciales, en particular la destrucción de las defensas aéreas de Libia» y para «la inteligencia, el reabastecimiento en vuelo y más bombardeos de precisión de los que París o Londres quieren reconocer».

La Operación Serval de Francia en Malí, lanzada en enero de 2013 y el ejemplo que suele citarse de la independencia operativa francesa, se apoyó en los aviones de transporte C-17 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y en el reabastecimiento en vuelo del AFRICOM. Solo en el primer mes, los aviones estadounidenses realizaron 190 salidas de transporte aéreo y llevaron a Malí a 1480 soldados franceses y 2400 toneladas de carga. Francia inició la operación por su cuenta; necesitó aviones estadounidenses para desplegar y sostener la fuerza.

Incluso la guerra de las Malvinas de 1982, la campaña que más a menudo se invoca para demostrar que una potencia europea todavía puede combatir sola, dependió de la inteligencia por satélite estadounidense transmitida a través de la alianza de los Cinco Ojos, de la base conjunta estadounidense-británica de la isla Ascensión y de unos 200 misiles estadounidenses AIM-9L Sidewinder. El exsecretario de la Marina de Estados Unidos John Lehman afirmó más tarde que, sin el apoyo estadounidense, el Reino Unido «habría tenido que retirarse de las Malvinas».

En las principales operaciones militares europeas de las últimas décadas, de las Malvinas a Kosovo, Libia y Malí, el patrón se repite: todas se apoyaron en la logística, la inteligencia o los medios de apoyo estadounidenses.

Más dinero no colmará este vacío por sí solo. La arquitectura de mando, los sistemas de inteligencia y la infraestructura espacial no se piden por catálogo; construirlos exige décadas de práctica. Estados Unidos no levantó esta arquitectura en una década, y Europa tampoco la replicará en una.

Las instituciones pueden reestructurarse si hay tiempo. Los hábitos de pensamiento estratégico, y los sistemas políticos que los sostienen, cambian más despacio.

La cultura estratégica y el problema de los setenta años

La crisis de Suez de 1956 rompió algo en el pensamiento estratégico británico y francés que nunca se ha reparado. El Reino Unido y Francia, por entonces todavía grandes potencias imperiales con experiencia reciente en operaciones militares a gran escala, intentaron actuar por su cuenta para apoderarse del canal de Suez después de que el egipcio Gamal Abdel Nasser lo nacionalizara. Tenían la capacidad militar y la voluntad política, pero no el permiso estadounidense. La Unión Soviética también se opuso, pero fue Estados Unidos quien hundió la operación. Mientras una retirada masiva de libras esterlinas vaciaba las reservas británicas, Washington amenazó con vender sus bonos en libras y dejó claro que bloquearía la ayuda de emergencia del FMI hasta que Londres aceptara un alto el fuego. El Reino Unido y Francia aceptaron un alto el fuego de la ONU el 6 de noviembre, y el 22 de diciembre sus últimas tropas ya se habían marchado humilladas. El Reino Unido asimiló la lección como un acto reflejo, un respingo involuntario: sin el respaldo estadounidense, o al menos sin la aquiescencia de Washington, las operaciones militares de envergadura quedaban descartadas. Francia sacó la conclusión opuesta, construyó su propia fuerza nuclear y en 1966 abandonó la estructura militar integrada de la OTAN, pero aun así sus fuerzas convencionales acabaron apoyándose en Estados Unidos, como demostraría Malí.

Fuera de Francia, el reflejo se asentó en las burocracias, las doctrinas y los planes de adquisiciones de toda una generación de profesionales europeos de la defensa, y en torno a él se organizaron carreras y ministerios. La oficialidad de la Guerra Fría que vino después heredó un sistema ya construido sobre la primacía estadounidense y tenía pocos motivos para cuestionarlo, porque funcionaba. Setenta años más tarde, el reflejo sobrevive en la mayoría de los estamentos de defensa del continente como una configuración por defecto que pocos defienden en público como opción estratégica, en sistemas que nunca han necesitado funcionar de otra manera.

La aritmética política da concreción al calendario. El Compromiso de La Haya de la OTAN, adoptado en la cumbre de junio de 2025, fija un objetivo del 5 % del PIB en gasto de defensa y seguridad para 2035. Contando el 5 % completo, del que el 3,5 % corresponde a defensa básica, y comparándolo únicamente con el gasto militar de 2024, Bélgica debe aumentar su esfuerzo de defensa un 292 % y Alemania, un 164 %. Incluso Francia, que tiene el mayor ejército de Europa occidental y se considera una potencia estratégica seria, debe elevarlo un 144 %.

Pensemos en lo que significan estas cifras en la práctica. Incluso contando solo el 3,5 % de defensa básica, Alemania tiene que aumentar su gasto en defensa como porcentaje del PIB en bastante más de la mitad de aquí a 2035, sin dejar de cumplir sus compromisos de pensiones con una población que envejece ni de financiar la transición energética. Berlín aprobó en 2022 un fondo especial de 100.000 millones de euros para la defensa y reformó su Constitución para hacerlo, algo que se presentó como un giro histórico. En marzo de 2025 fue más allá: eximió del freno constitucional de la deuda el gasto en defensa que supere el 1 % del PIB, y ahora prevé alcanzar el 3,5 % del PIB en 2029. Pero el sistema de adquisiciones de la Bundeswehr, famoso por sus sobrecostes y sus retrasos de años, sigue teniendo dificultades para convertir el dinero en capacidad desplegada de forma eficiente. Y Alemania es el caso más fácil entre las grandes economías de Europa occidental, porque Berlín al menos ha reescrito su Constitución para pagar el problema. España, que insiste en que puede cumplir sus objetivos de capacidades de la OTAN con alrededor del 2,1 % del PIB, no lo ha hecho.

Se trata de transformaciones estructurales de los presupuestos nacionales que deben lograr y sostener gobiernos de coalición con ciclos electorales de cuatro años, al frente de poblaciones que han vivido tres generaciones bajo contratos sociales basados en la premisa de que un gasto militar serio era innecesario.

El Compromiso de La Haya

El objetivo del 5 % se desglosa en un 3,5 % del PIB para defensa básica y un 1,5 % para ámbitos de seguridad más amplios, como infraestructuras, I+D, ciberseguridad y corredores de movilidad. España reclama una exención, invoca una carta de Mark Rutte que le concede «flexibilidad» y afirma que puede cumplir todos los objetivos de capacidades de la OTAN con alrededor del 2,1 % del PIB; la OTAN insiste en que no hay excepciones. Los aliados presentan planes anuales que muestren una trayectoria creíble hacia el objetivo, y esa trayectoria se revisará en 2029. Su debilidad como medida es que contabiliza lo que gastan los gobiernos y dice poco de la capacidad que ese gasto compra.

El flanco oriental complica este panorama. En 2025, Polonia gastó alrededor del 4,3 % de su PIB en defensa, la proporción más alta de la Alianza, y destina más de la mitad de su presupuesto de defensa a la adquisición de equipamiento. Lituania gastó el 4 %; Letonia, el 3,7 %, y Estonia, el 3,4 %. Estos Estados han demostrado exactamente el compromiso político sostenido que falta en el resto del continente.

Pero el tamaño de estos países marca los límites de ese compromiso. El PIB de Polonia equivale aproximadamente a una quinta parte del de Alemania. Los tres países bálticos juntos tienen una economía más pequeña que la de Dinamarca. Estos países se arman a un ritmo muy superior al de Europa occidental, pero no pueden construir la estructura de mando europea integrada, el paraguas antiaéreo continental ni la base industrial de defensa que exige la autonomía estratégica. Les falta masa económica. Los Estados dispuestos a gastar al nivel necesario son demasiado pequeños para construir una infraestructura de defensa a escala continental; Alemania, Francia, Italia y España, las economías con peso suficiente, son las que más despacio se han movido. Varsovia puede seguir gastando a uno de los ritmos más altos de la Alianza hasta vaciar el Tesoro y por sí sola no obtendrá con ello un sistema europeo integrado de defensa antiaérea. Solo Berlín, París, Roma y Madrid, junto con Londres, pueden lograrlo, y solo Berlín ha comprometido hasta ahora dinero a la escala necesaria.

Rutte ha advertido públicamente de que Rusia podría atacar a un país de la OTAN en un plazo de cinco años. El servicio de inteligencia de defensa de Dinamarca estimó a principios de 2025 que, una vez que Rusia dejara de tener que combatir en Ucrania, podría suponer una amenaza regional para los países bálticos en unos dos años y estar preparada para una guerra a gran escala en Europa en cinco, siempre que Estados Unidos se mantuviera al margen y la OTAN no se rearmara al mismo ritmo. El inspector general de la Bundeswehr, Carsten Breuer, ha declarado que Rusia podría estar militarmente preparada para atacar a países de la OTAN en 2029. Son evaluaciones de altos cargos en activo con acceso a inteligencia clasificada.

El plazo del Compromiso de La Haya para alcanzar el 5 % es 2035, dentro de menos de una década. Los plazos de la amenaza de Rutte y Breuer vencen en esta década, y el reloj danés empieza a contar cuando cesen los combates en Ucrania; el de las capacidades se extiende mucho más allá de 2030, y cada una de las limitaciones descritas lo alarga todavía más.

Europa puede cerrar esa brecha si dispone de tiempo suficiente y de suficientes ciclos electorales de compromiso sostenido. La pregunta más urgente es qué ocurre mientras Europa lo intenta.

La paradoja de la credibilidad

El valor disuasorio de una garantía de seguridad depende de que se perciba como incondicional. En cuanto la parte garantizada empieza a construir alternativas a la vista de todos, indica a sus adversarios, a sus aliados y a su propia población que la garantía es condicional, lo que puede dar a un adversario un motivo para ponerla a prueba. La lógica es abstracta, pero se ajusta con precisión a la posición estratégica de los países bálticos en 2026.

Cada anuncio de una cumbre sobre la autonomía estratégica europea, y cada nuevo programa de defensa concebido para reducir la dependencia de Washington, envía dos mensajes a la vez. El público europeo oye que Europa asume la responsabilidad de su propia seguridad. Moscú oye que los estadounidenses quizá no acudan.

El primer mensaje es intencionado; el segundo es difícil de evitar, y puede pesar más en los cálculos de riesgo rusos. Un planificador racional en el Kremlin puede leer el rearme europeo por lo que revela sobre la cohesión de la Alianza, además de por lo que produce. Los dirigentes de la OTAN sostienen lo contrario: que una Europa que gasta, produce y hace más es lo que mantiene creíble la disuasión de la Alianza. Ambos efectos pueden darse a la vez.

Alexandra de Hoop Scheffer, presidenta del German Marshall Fund, estimó en mayo de 2026 que Europa podría alcanzar la autonomía estratégica en un plazo de diez a quince años. El Instituto de Kiel apunta a avances significativos hacia la soberanía en tres a cinco años y a un alto grado de autonomía en la mayoría de los ámbitos en cinco a diez. Incluso la más optimista de estas estimaciones deja un periodo de varios años durante el cual la disuasión descansa sobre una garantía cuya credibilidad está en entredicho.

La geografía eleva lo que está en juego. Estonia, Letonia y Lituania suman una población de unos seis millones de personas, y sus fuerzas militares convencionales, pese al crecimiento reciente, siguen siendo simbólicas frente a la amenaza que afrontan.

Su territorio es estrecho, limita con Rusia al este y con Bielorrusia al sur, y ofrece poca profundidad defensiva: ríos, lagos, bosques y humedales pueden frenar un avance, pero no hay cordilleras que lo canalicen ni una retaguardia estratégica en la que replegarse. En los juegos de guerra de RAND, jugados contra las fuerzas que la OTAN tenía desplegadas en 2015, las unidades rusas llegaron a las afueras de Tallin o de Riga en 60 horas como máximo.

Su seguridad siempre ha dependido de la credibilidad de un refuerzo rápido de la OTAN: la expectativa de que un ataque contra Tallin, Riga o Vilna desencadenaría, en cuestión de días, una gran respuesta militar aliada y no una respuesta mesurada o simbólica. El artículo 5 deja a cada aliado decidir qué medidas toma. Esa garantía ha descansado históricamente en Estados Unidos, en las fuerzas estadounidenses estacionadas en Europa, en unas cadenas logísticas estadounidenses que llegan hasta las bases de Alemania y Polonia y en un compromiso político estadounidense de tratar un ataque contra Estonia como un ataque contra Ohio. Si se elimina de esa ecuación el elemento estadounidense, lo que queda es una promesa que ningún ejército europeo puede cumplir hoy a la velocidad que exige la geografía.

Ninguna fuerza europea puede igualar todavía ese compromiso. Alemania está formando una brigada acorazada permanente en Lituania, de unos 5000 efectivos al completo para finales de 2027, y es un paso significativo. Pero una brigada no disuade a la clase de fuerza que Rusia podría concentrar en un plazo de tres días. La disuasión a esa escala exige el tipo de capacidad de respuesta rápida y abrumadora que solo Estados Unidos ha desplegado en Europa durante las tres últimas décadas.

Dure lo que dure la transición, los países bálticos viven en una brecha de disuasión que sus propios gobiernos no pueden cerrar. El rearme europeo, si tiene éxito, acabará por llenarla. Pero «acabará» ofrece poco consuelo a poblaciones que viven en un terreno que premia al atacante rápido y castiga a los defensores que necesitan semanas para movilizarse. Construir esa capacidad puede incluso ensanchar la brecha durante un tiempo, si cada paso hacia la sustitución de la garantía estadounidense se interpreta como señal de que la garantía necesita sustituirse.

En un sentido formal, el del texto del tratado, la garantía sigue siendo creíble: el artículo 5 sigue vigente. Lo que importa es si un adversario que calcula riesgos en Moscú se la cree, y si esa creencia se debilita un poco más cada vez que una capital europea anuncia un programa concebido expresamente para que la protección estadounidense resulte innecesaria.

Los 800.000 millones de euros siguen ahí. Lo que no pueden comprar con rapidez es todo aquello por lo que tiene que pasar el dinero: fábricas de TNT, plantas de buscadores, una capa superior de defensa antimisiles, un mando capaz de dirigir una campaña continental y gobiernos dispuestos a seguir pagando durante tres o cuatro elecciones consecutivas.

Los países bálticos son los que soportan ese retraso más de lleno. Sus ejércitos son pequeños y su territorio, poco profundo. La arquitectura de seguridad que los ha protegido durante dos décadas sigue descansando en una garantía estadounidense que Washington califica oficialmente de inquebrantable, y frente a la que Europa se cubre ahora más deprisa de lo que puede sustituirla. Los gobiernos bálticos pueden gastar, y gastan; las fábricas, las defensas antiaéreas y las estructuras de mando que compensarían la diferencia tienen que venir de las economías más grandes situadas al oeste.

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Multimedia

El HMS Illustrious y el HMS Bulwark (en primer plano), fotografiados cerca de Harstad (Noruega) durante el ejercicio Cold Response. Organización: ROYAL NAVY Nombre del objeto: BW120060251 Categoría: MOD Categorías complementarias: equipamiento, buques, portaaviones, asalto Palabras clave: Cold Response, Harstad, aérea, buque de superficie, buque de asalto, océano Ártico, Bulwark, Illustrious, Royal Navy, equipamiento, buque, portaaviones, portaaviones, CVS, clase Invincible, HMS Illustrious, buque de desembarco anfibio, LPD, HMS Bulwark, Noruega País: Noruega – Wikipedia

Principales fuentes y referencias

European Commission, «ReArm Europe Plan / Readiness 2030,» March 2025. https://defence-industry-space.ec.europa.eu/eu-defence-industry/white-paper-european-defence-readiness-2030_en

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