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En resumen
En 2012, unos investigadores viajaron a Laos para inspeccionar una granja de pitones que, según los funcionarios, podía criar más de 70.000 serpientes al año. El propietario se negó a dejarles entrar. Laos ya había exportado 20.000 pieles a su nombre, registradas como criadas en cautividad. Un permiso auténtico puede llevar un origen falso. Una piel respetable debería superar tres pruebas, legalidad, sostenibilidad y cómo murió el animal, a menudo comprobadas por personas distintas a partir de evidencias distintas. En el caso de una pitón salvaje, incluso el rastro de trazabilidad de una marca de lujo empieza en el matadero, no en la selva.
Contenido
En mayo de 2012, un equipo de investigación que trabajaba para el Centro de Comercio Internacional (ITC) viajó a Laos para ver una granja de pitones. Había avisado a las personas adecuadas con mucha antelación. Llevaba una carta de autorización firmada por el departamento gubernamental competente. El propietario se negó a dejarles entrar.
Le dieron dos razones. Habían retirado todas las serpientes para limpiar las instalaciones, y el propietario estaba en Vietnam recibiendo tratamiento médico y no podía supervisar la visita. Los funcionarios laosianos responsables de la CITES, la convención que regula el comercio de fauna y flora amenazadas, habían ofrecido fotografías de la granja. Las fotografías, señaló el equipo en su informe, no demostraban que allí se criara de verdad ninguna pitón.
La granja importaba por lo que salía del país en su nombre. Laos había empezado hacía poco a exportar pieles de pitón reticulada, y en 2010 envió 20.000, todas ellas criadas, según se decía, en esta única instalación. Los funcionarios afirmaban que podía producir más de 70.000 pitones criadas en cautividad al año, sumando tres especies. El hijo del propietario, que también trabajaba en el negocio, era empleado del Ministerio de Comercio de Laos. El equipo concluyó que era poco probable una cría que se acercara siquiera a las cifras oficiales de exportación, que la granja podía ser una tapadera para blanquear pieles («posible, pero no demostrado») y que el comercio laosiano de pieles de pitón reticulada era «sumamente sospechoso».
La duda sobrevivió a la visita. Cuando los especialistas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) evaluaron las granjas de pitones en 2014, no encontraron ninguna prueba de que en Laos se criaran pitones. Una evaluación mundial del comercio de pieles de reptil publicada en julio de 2026 afirma que las declaraciones laosianas de cría comercial de pitones «están aún por demostrar» y que las pieles de ese país deben tratarse con cautela. Catorce años después de la verja cerrada, la evaluación de 2026 seguía considerando sin demostrar las declaraciones laosianas de cría comercial de pitones.
Las pieles laosianas eran un arroyo pequeño en un río grande. En 2012, el ITC calculó que cada año salían del Sudeste Asiático casi medio millón de pieles de pitón, la mayoría de animales capturados en estado silvestre en Indonesia y Malasia. Los principales compradores eran unas cincuenta curtidurías, las más importantes en Italia, Francia y España. Más de una quinta parte de las pieles de pitón reticulada exportadas se declaraban criadas en cautividad, procedentes de Vietnam y Laos.
Aquellas pieles laosianas constaban como criadas en cautividad aunque las personas enviadas a comprobarlo no pudieron confirmar que se hubiera criado una sola serpiente. Antes de expedir un permiso de exportación CITES, la autoridad tiene que dictaminar que la piel se adquirió legalmente. Así que un permiso no es un salvoconducto. Deja constancia de un dictamen oficial. Pero el dictamen descansa en lo que se le pone delante al funcionario, y en Laos eso era una granja que los investigadores del ITC no habían podido inspeccionar. Un permiso auténtico puede llevar un origen falso.
Y la legalidad es solo una de las pruebas que se supone que ha superado una piel vendida como respetable. Hay tres. Se solapan en algunos puntos, pero se apoyan en evidencias distintas, a menudo las aplican personas distintas y en momentos distintos del camino entre la selva y la tienda.
Tres pruebas, tres tipos de evidencia
Empecemos por la legalidad. La pitón reticulada figura en el Apéndice II de la CITES desde el 1 de julio de 1975. La inclusión no prohíbe el comercio. Significa que cada exportación necesita un permiso y que la autoridad que lo expide debe emitir antes ese dictamen de adquisición legal. Indonesia empezó a fijar cupos de captura en 1987, y en 1991 la Secretaría de la CITES le recomendó etiquetar las pieles. En 2012, cada piel exportada llevaba una etiqueta adhesiva de identificación que figuraba en el permiso. Antes de la exportación, sin embargo, los documentos internos con los que las pieles circulaban por Indonesia seguían envíos, no pieles concretas. Una piel adquiere identidad propia en la ventanilla de exportación, cuando la serpiente ya ha sido capturada, vendida, sacrificada y secada.
La sostenibilidad es la segunda prueba, y también de ella se encarga en gran medida el Estado exportador. Antes de que las pieles silvestres salgan con fines comerciales, su autoridad científica tiene que dictaminar que la exportación no perjudicará la supervivencia de la especie, y el propio Estado fija su cupo. Buena parte de lo que se sabe sobre esta captura procede de un herpetólogo. Daniel Natusch ha dirigido muchos de los estudios publicados sobre el comercio de pieles de pitón desde 2011, y su equipo ha medido miles de pitones sacrificadas en Sumatra. Varios de esos estudios los financió Kering, propietaria de Gucci, o se pagaron a través de la Python Conservation Partnership que Kering creó con el ITC y la UICN, y Natusch dirige la consultora EPIC Biodiversity. En 2016, su equipo consideró que los cupos de Indonesia y Malasia estaban «fuertemente influidos» por terceros y partes interesadas. Aquí se solapan las dos primeras pruebas. Un cupo es a la vez un techo legal y un juicio sobre la sostenibilidad, y una piel que lo rebasa suspende la primera prueba tanto si amenaza la segunda como si no.
La tercera prueba es cómo murió el animal, y el permiso no la toca. Un permiso CITES no certifica cómo se mató a la pitón que dio la piel. Esa tarea recae en los compradores y en sus críticos. LVMH redactó su propia norma para las granjas de cocodrilianos: 231 criterios, 116 de ellos sobre bienestar animal, fijados por la empresa que compra las pieles. Desde el otro lado, PETA Asia difundió en 2024 imágenes de dos granjas tailandesas de pitones que, según dijo, abastecían a una curtiduría de Kering. El equipo de Natusch había considerado sin fundamento, en 2016, las denuncias generales de prácticas inhumanas, ocho años antes de esas imágenes, aunque admitía que los recelos sobre el comercio ilegal «sí tienen fundamento».
Nada de esto es nuevo para los especialistas. Los expertos en cocodrilos de la UICN lo dicen sin rodeos: la trazabilidad «por sí sola no afirma nada sobre la legalidad o la sostenibilidad de un producto». El problema es que el comprador se encuentra las tres pruebas fundidas en una sola palabra tranquilizadora.
Los treinta y cinco dólares del cazador
A mediados de la década de 2010 se capturaban cada año en Indonesia y Malasia unas 300.000 pitones reticuladas silvestres. El Ministerio de Silvicultura indonesio calculaba que 190.000 personas trabajaban en el comercio, la mayoría cazadores. Suelen ser pobres, y las pitones son un ingreso extra. Para un cazador pobre, sostenía el equipo de Natusch, encontrar una serpiente que vale hasta 40 dólares es un alivio real. El dinero se va en comida y ropa, en el médico y las medicinas, en la matrícula escolar. Para muchas de estas personas, escribieron, el comercio de pitones «no es una opción, sino una necesidad». Su argumento se apoya mucho en una generalización: que toda pitón de tamaño comercial con la que alguien se cruza se captura y se mata. Gran parte de su alegato contra los cupos descansa en ella, porque si no se perdona a ninguna serpiente, un cupo no puede reducir la captura, solo decidir qué parte es legal. La serpiente en sí es barata: en noviembre de 2011, los recolectores de Indonesia vendían serpientes de tres a cuatro metros por unos 35 dólares cada una.
Pero no toda piel de pitón empieza en la selva. En 2014 había granjas comerciales de pitones en funcionamiento en China, Tailandia y Vietnam, y la pitón birmana no se capturaba legalmente en estado silvestre en ningún punto de su área de distribución nativa. Entre 2000 y 2010, Vietnam exportó de media casi 100.000 pieles de pitón birmana al año, el 97 % de las exportaciones mundiales registradas de la especie, y en 2016 se calculaba que un millar de hogares vietnamitas criaban y comerciaban pitones. En 2012, el ITC dudaba de que criar pitones pudiera ser rentable. Indonesia, país de captura silvestre, calculaba que una serpiente tardaba cuatro años y consumía al menos 199 dólares de alimento en llegar a dar una piel que valía unos 100 dólares; los criadores vietnamitas decían que sus pitones birmanas alcanzaban el tamaño de sacrificio en unos diez meses y que podían alimentarlas durante un año con unos 24 dólares de cuellos y cabezas de pollo. Dos años después, los evaluadores de granjas de la UICN consideraron realistas las cifras de alimentación de los criadores vietnamitas. La cría existe, aunque lo que una etiqueta de «criado en cautividad» demuestra sobre una piel concreta es otra cuestión.
Adónde va el dinero
Según el modelo del ITC a precios de 2011, casi todo el valor del comercio acababa en el extremo final de la cadena, en la industria europea de la moda. El tramo intermedio era una página en blanco: los comerciantes de las fases de exportación y reexportación, incluidos los de Singapur, se negaron a compartir información comercial, de modo que nunca se pudieron establecer sus márgenes. El secretismo no demuestra nada sobre el origen de una piel, pero cubre la misma fase en la que pueden reescribirse sus papeles.

El departamento de fauna silvestre de Malasia tenía una opinión sobre quién mandaba allí. Desde 2008, el país limitaba sus exportaciones a Singapur a 90.000 pieles porque, según el departamento, las existencias acumuladas en Singapur permitían a sus comerciantes controlar el precio y la oferta. Los mil millones de dólares anuales que desde 2012 se atribuyen al comercio de pitones son el modelo del ITC para todo el sector a precios de 2011, carne y vesículas biliares incluidas; nadie los midió.
De la serpiente al bolso, a precios de 2011
Una cadena ilustrativa, construida con las cifras del ITC para Indonesia en noviembre de 2011 y su modelo de ese año. Un recolector vende una pitón reticulada de tres a cuatro metros por unos 35 dólares. Tras el sacrificio y el secado, su piel alcanza unos 100 dólares; la carne aporta 3 dólares y la vesícula biliar, 2. Curtida, acabada y cortada, media piel puede convertirse en un bolso de lujo que se vende por entre 5.000 y 10.000 dólares, y el propio gráfico de valor del ITC trabaja con un bolso de unos 6.000 dólares. Según ese modelo, el cazador recibe alrededor del 0,5 % del valor final de un bolso de gama alta, mientras que en torno al 96 % del valor del comercio va a parar a la industria europea de la moda. Hay que leerlos como porcentajes de un precio de venta al público. No dicen nada sobre beneficios, porque los exportadores y reexportadores del tramo intermedio de la cadena se negaron a revelar sus márgenes.
Cómo una piel cambia de nombre
En 2012, el cupo de captura de pitón reticulada de Indonesia era de 175.000 pieles, el 90 % de ellas para exportación. El ITC constató que los cazadores, necesitados de dinero, seguían cazando una vez cubierto el cupo, y que los comerciantes seguían comprando para no enemistarse con los mataderos. Así que había pieles que ningún cupo podía amparar. Tenían que ir a alguna parte.
El equipo de Natusch sostiene que el propio cupo es uno de los culpables. Consideró que los cupos de Indonesia y Malasia eran más bajos de lo que las poblaciones de serpientes podían soportar. Por eso se capturaban pieles por encima de los cupos, y algunas entraban en el comercio mediante el contrabando, el blanqueo y permisos CITES falsificados. «De forma un tanto paradójica», escribieron, los cupos y las prohibiciones comerciales habían creado problemas sin aportar ningún beneficio aparente; esas restricciones «se limitan a crear ilegalidad». La pobreza, la abundancia de serpientes y las propias normas se combinan, según su versión, para producir el mercado negro.
Es un argumento serio, y su propio informe contiene el contrapeso. Cuando la oferta cae, los cupos pueden empujar a los cazadores a esforzarse más por serpientes más escasas, «lo que podría volver insostenible la captura». La lectura más acertada es más estrecha que la suya. Un cupo ajustado crea un incentivo para blanquear. No se limita a ponerle una etiqueta nueva a un mercado negro fijo, y es un mecanismo entre varios. Colombia, como veremos, funcionaba con otro.
Fuera cual fuera su origen, la mayoría de las pieles pasaba después por una sola ciudad. En 2012, el ITC constató que alrededor del 60 % de las exportaciones se reexportaban a través de Singapur. (El comunicado de prensa de la UICN con el que se presentó el informe decía el 70 %, lo que da una idea de la solidez de estas cifras). Singapur había reexportado aproximadamente un cuarto de millón de pieles de pitón reticulada al año desde 2000, y sus comerciantes no declaraban sus existencias. Las existencias no declaradas, según el ITC, ofrecían a las pieles de origen ilegal una vía para mezclarse con las legales y seguir su camino.
Los métodos documentados son sobre todo cuestión de papeles. Un permiso de reexportación lleva un código de origen, y desde 2000 Singapur había reexportado unas 378.000 pieles declaradas como criadas en cautividad, unas 134.000 declaradas «preconvención» y unas 30.000 declaradas como decomisadas en envíos ilegales. Una piel preconvención es la adquirida antes de que la CITES amparara a la especie, lo que en el caso de la pitón reticulada significa antes del 1 de julio de 1975. El ITC calculaba que una piel puede almacenarse entre dos y cuatro años antes de deteriorarse. Según ese cálculo, una piel adquirida antes de 1975 se habría deteriorado mucho antes de 2000.
El ITC señaló también declaraciones falsas sobre el origen y el tamaño de las pieles, y esbozó, como ilustración y no como caso presenciado, cómo podían declararse pieles enteras como medias pieles, duplicando el recuento sobre el papel. Los evaluadores de granjas de la UICN aconsejaron tratar con cautela el código «C», el de criado en cautividad, cuando procede de Camboya, Indonesia, Laos o Malasia; en 2014, las autoridades y las asociaciones comerciales de Indonesia y Malasia negaron que allí se criaran pitones con fines comerciales. Tres especies de pitón de cola corta, una vez secas, solo pueden distinguirse contando las escamas del vientre. Y a veces nadie se molesta siquiera con los papeles. En 2010, Singapur decomisó 470 pieles de pitón declaradas como cuero sintético, y las quemó en 2011 tras la presión del público y de los medios.
Los riesgos de blanqueo que describen los investigadores recorren negocios con licencia a lo largo de toda la cadena: exportadores, reexportadores, una granja de la que se echó a los investigadores y mataderos que, según contaron los comerciantes al ITC, siguieron comprando una vez cubierto el cupo. Las investigaciones sobre el comercio no documentan cárteles ni clanes al frente de él. Jennifer Scotland y Anne-Marie Weeden, del centro de estudios de defensa RUSI, han descrito cárteles de la droga y grupos armados que explotan negocios de fauna supuestamente legítimos, pero en Colombia y México.
¿Cuánto se blanquea? Nadie lo sabe. En 2012, Tomas Waller, entonces presidente del grupo de especialistas en boas y pitones de la UICN, dijo que «una proporción considerable» de las pieles en circulación parecía tener un origen ilegal. EPIC Biodiversity, la consultora de Natusch, cuyos colaboradores coinciden en parte con los científicos citados aquí, afirma hoy que no hay «comercio ilegal a gran escala, ni actividad delictiva organizada» en el sector de las pieles exóticas. Dos criminólogos constataron que los incidentes de decomiso en Estados Unidos relacionados con fauna destinada a la moda aumentaron entre 2003 y 2013, con reptiles en el 84 % de ellos; el equipo de Natusch respondió que los decomisos equivalían a alrededor del 0,44 % de los envíos de reptiles en esos registros de importación estadounidenses. Ambas cifras cuentan lo que se interceptó. Cuánto blanqueo pasa inadvertido, ni la tasa de decomisos ni los registros de existencias que faltan en Singapur pueden decirlo.
Quién debería estar vigilando
Los controles de las autoridades se hacen sobre todo sobre el papel. El dictamen de adquisición legal que respalda un permiso se construye con lo que declara el propio comercio: asignaciones del cupo, códigos de origen, registros de existencias. Si los funcionarios hacen algo peor que creer al comercio bajo palabra, el expediente apenas lo dice. En Laos, el vínculo de la granja con el Estado era el hijo del propietario y su empleo en el ministerio, lo que por sí solo no demuestra ninguna complicidad oficial en el blanqueo. El departamento de fauna silvestre de Malasia, PERHILITAN, al evaluar para la CITES las exportaciones de su propio país en 2021, vio pocos indicios de un comercio ilegal significativo desde Malasia. Lo que sí detectó afectaba a pieles indonesias en tránsito, y los abusos eran escasos, dijo, «en parte porque el comercio legal es muy fácil de conseguir».
El lado importador a veces actúa. La UE suspendió las importaciones de pieles de pitón reticulada silvestre de Malasia peninsular en 2004, levantó la suspensión en 2017 y la restableció en 2019. El equipo de Natusch calificó de «poco clara» su justificación. En 2016, el examen periódico que la CITES hace de los países que exportan la especie clasificaba tanto a Laos como a Malasia como de «posible preocupación». Son dudas oficiales sobre cómo gestionan el comercio los países exportadores, y ninguna acusa a sus funcionarios de participar en él.
¿Qué riesgo tiene hacer trampa, y para quién? A falta de cifras de condenas, hay que razonarlo a partir de lo documentado. Para un cazador pobre, una serpiente grande valía hasta unos cuarenta dólares, un alivio real, y cazar una vez cubierto el cupo no deja ninguna huella en una piel seca. En el tramo intermedio, el ejemplo del ITC de 2011 convertía una serpiente de treinta y cinco dólares en una piel de cien, y los comerciantes decían que seguían comprando cuando el cupo ya estaba cubierto. El margen del exportador es el que nadie quiso revelar, y la exposición del exportador está en los papeles: un código de origen, un recuento, un permiso. Por encima de todos ellos, en 2012 el ITC encontró una vigilancia aduanera débil, un riesgo de decomiso bajo y, en los Estados de origen, unas sanciones demasiado leves para disuadir del contrabando. En Colombia y México, constataron Scotland y Weeden, las irregularidades en los negocios de fauna con licencia suelen «tratarse como infracciones administrativas y no como delitos graves».
¿Por qué no se aprieta más? El Estado exportador fija el cupo con el que se juzgan sus exportaciones, y una piel seca oculta su identidad: la especie es cuestión de contar escamas, el origen no está escrito en ella y la etiqueta individual empieza en la exportación. En 2012, al menos, las existencias del centro de redistribución tampoco se declaraban. En 2016, el equipo de Natusch propuso sustituir el recuento por una talla mínima, una piel seca de unos 280 por 30 centímetros, que un inspector sí puede comprobar, y un fondo de vigilancia pagado por curtidurías y marcas. No hay rastro aún de ninguna de las dos cosas. En diciembre de 2025, las partes de la CITES aprobaron desarrollar una base de datos para ayudar a examinar el comercio declarado como criado en cautividad, si la financiación externa y los recursos de la Secretaría lo permiten. Los códigos de origen «preconvención» y «decomisado» siguen en las normas de la CITES sobre permisos.
¿Es sostenible la captura en sí? El equipo de Natusch comparó las pitones capturadas en Sumatra en 1995 y en 2015, no encontró descenso ni en su número ni en su tamaño, y dedujo que los cupos están por debajo de lo que las poblaciones pueden soportar; la evaluación mundial de 2026, con datos comerciales que terminan en 2020, califica de biológicamente sostenible la captura de reptiles por su piel «en la inmensa mayoría de los casos». El ecólogo Vincent Nijman objeta que las serpientes contadas en los centros de procesado no pueden representar a la población silvestre, y la cuestión sigue en disputa. Además, es una cuestión distinta de la legalidad. Una captura puede ser sostenible y blanqueada a la vez.
Por qué el aligátor es más fácil de contar
La caza descontrolada estuvo a punto de acabar con el aligátor americano. Luisiana prohibió toda caza en 1962, y la especie salió por completo de la lista de especies en peligro en 1987. El estado afirma que su población silvestre ha pasado de menos de 100.000 ejemplares a más de 3 millones en cincuenta años, con casi un millón más en granjas.
El método es la cría en granjas. Desde 1986, los granjeros con licencia recogen huevos de aligátor silvestre en terrenos privados, y deben devolver a la naturaleza alrededor del 5 % de sus aligátores de tres a cinco pies. La tasa de devolución empezó siendo del 17 %, a partir de la estimación de que alrededor del 83 % muere en el huevo o antes de alcanzar los cuatro pies. Los técnicos sobrevuelan las marismas costeras contando nidos, y en 2019 calcularon un récord de casi 68.000. El estado mantiene una base de datos de quién cazó o crio cada aligátor y adónde se envió cada piel. Más del 80 % de los humedales costeros es de propiedad privada, de modo que la captura paga a los propietarios por mantener la marisma como marisma. En 2021, el responsable de aligátores del estado, Jeb Linscombe, dijo que la razón principal de la recuperación de la especie fue la eliminación del mercado negro.

La diferencia no está en el animal. La cría en granjas ata la producción a cosas que un regulador puede contar: nidos vistos desde el aire, huevos recogidos con licencia en terrenos conocidos, una proporción fija devuelta al medio. Una pitón reticulada silvestre se captura a la edad que tenga cuando un cazador la encuentra, a menudo antes de que se haya reproducido, en la selva o en una plantación, y no hay censo de nidos con el que cotejar su piel.
Entonces, ¿por qué no criar pitones en algún lugar fácil de auditar, en Europa o en Estados Unidos? Lo que necesitan las granjas apunta a una respuesta. El sistema de Luisiana recoge huevos silvestres para sostener una especie autóctona; en Estados Unidos la pitón es una plaga invasora, así que el mismo método serviría a un propósito completamente distinto. Una granja cerrada de pitones funciona con alimento barato, roedores capturados en el campo y proteína de desecho de las cadenas de suministro alimentario, y en Vietnam con mano de obra familiar en pequeñas granjas satélite, donde la alimentación puede exigir mucho trabajo. En 2014, las granjas comerciales estaban en China, Tailandia y Vietnam. Y una granja competiría con la captura silvestre: en 2011, una serpiente silvestre cambiaba de manos en Indonesia por unos treinta y cinco dólares, y una granja en Europa no detendría por sí sola esa captura.
Pero auditable no es lo mismo que limpio. El rastreo, la certificación y la recuperación de la población responden cada uno a una prueba distinta. En 2019, el año del récord de nidos, la captura silvestre de Luisiana se vio frenada por un exceso de oferta mundial de pieles de cocodrilianos, lo que sugiere que al mercado no le faltaban pieles legales. Colombia muestra cómo es un comercio de cocodrilianos cuando la producción la declaran los propios productores.
Un cupo que se puede vender
A mediados de los años ochenta, Colombia restringió su producción de caimanes a la cría en cautividad. Las granjas declaraban sus propias existencias, y los cupos de exportación se derivaban de esas declaraciones. En 2016, el Grupo de Especialistas en Cocodrilos de la UICN describió cómo las granjas empleaban a técnicos para «trabajar hacia atrás»: primero decidían el cupo que querían, que según algunos informantes solía superar entre un 40 y un 70 % la producción real, y después construían los registros a medida. Antes de las inspecciones, las granjas compraban crías capturadas en estado silvestre para rellenar las existencias inventadas. Los cupos así obtenidos se volvieron negociables y se revendían a curtidurías, comerciantes y otras granjas. Los especialistas calcularon, «de forma conservadora», que más del 30 % de las pieles de caimán exportadas desde Colombia desde 1990 se habían obtenido infringiendo la legislación colombiana, lo que supondría más de 4 millones de pieles ilegales. Aun así, en 2019 varios especialistas de la UICN, entre ellos el presidente del grupo de cocodrilos, incluyeron a Colombia entre los éxitos del uso sostenible de los cocodrilos. Unos caimanes abundantes y un rastro documental fraudulento responden a pruebas distintas.
Lo que compraron las marcas
Kering sigue siendo la única propietaria de la curtiduría de pitón Caravel, e informa de que en 2025 el 98 % de sus pieles preciosas eran trazables «hasta la granja o el matadero». Para un animal de granja, ese es un punto final real. Para una pitón silvestre, el matadero es donde empieza el rastro de esa métrica, y la métrica no dice dónde se capturó la serpiente. Las dos granjas tailandesas de las imágenes de PETA Asia de 2024 abastecían a Caravel, según PETA, y una de ellas confirmó un contrato de 5.000 pieles ese año.
Hermès compró más arriba en la cadena, del lado de los cocodrilos. Es propietaria de una granja de aligátores en Estados Unidos y de cinco granjas de cocodrilos en Australia. Afirma que sus cocodrilianos de granja proceden principalmente de huevos recogidos en la naturaleza con cupos fijados por las autoridades locales, y que todas las pieles en bruto de cocodriliano que compraron sus curtidurías procedían de granjas certificadas por BSI, un organismo de certificación independiente, conforme a la norma de la International Crocodilian Farmers Association (ICFA). Sus curtidurías solo comercian con pieles exóticas cuando el origen está «perfectamente identificado, controlado y auditado», y la empresa «se abstiene de operar con determinadas especies o sectores». La pitón no aparece en ninguna parte de su informe anual de 2025.
Chanel se retiró. En diciembre de 2018 se convirtió en la primera casa de lujo en abandonar el cocodrilo, el lagarto, la serpiente y la raya, y Karl Lagerfeld explicó que lo habían hecho antes de que se lo impusieran, «porque está en el ambiente». Bruno Pavlovsky, responsable de moda de Chanel, añadió que cada vez era más difícil conseguir pieles de alta calidad de forma ética. Ninguna de las dos razones tenía que ver con el número de serpientes, y los minoristas han seguido el ejemplo: en septiembre de 2026, Frasers Group se comprometió a dejar de comprar productos que contengan pieles exóticas.
Cada alternativa es parcial. La pitón birmana de granja existe. La imitación de pitón estampada sobre piel de vaca se vendía a unos 12 euros el metro en 2011, casi siete veces más barata que una buena piel auténtica. Y en Florida, donde la pitón birmana es una plaga invasora, la empresa Inversa la convierte en carteras, zapatos y cinturones; el estado contabilizó 748 pitones retiradas en julio de 2025 frente a 235 en julio de 2024, después de que Inversa empezara a colaborar con él.
Lo que puede decir la etiqueta
Un comprador puede saber cuatro cosas, más o menos. Cada una demuestra menos de lo que parece.
La especie, en primer lugar. Históricamente, el comercio registrado de pitón birmana se declaraba en una abrumadora mayoría como criado en cautividad: entre 2005 y 2011, el 99 %. La pitón reticulada procedía sobre todo de la naturaleza. Eso describe un comercio, y la etiqueta de especie no autentifica ninguna piel concreta.
El código de origen. Una «C» de Camboya, Indonesia, Laos o Malasia sigue mereciendo la cautela de los evaluadores de granjas, y la evaluación mundial de 2026 la repite para Laos.
La procedencia. Una piel de aligátor de Luisiana figura en una base de datos estatal que registra quién crio o cazó al animal y adónde fue la piel, dentro de un sistema cuyos insumos, nidos y huevos, cuenta alguien distinto del vendedor. Es una cadena de procedencia documentada, y sigue siendo un registro de personas y envíos.
El certificado. Certifica lo que comprueba su norma. El de Hermès cubre la granja. No responde de todo lo que un comprador pueda leer en él.
Queda la frase de Kering, «hasta la granja o el matadero», y lo que significa para una pitón silvestre. En Indonesia, en 2011, una serpiente así cambiaba de manos por unos treinta y cinco dólares camino del matadero. Los papeles con los que luego circulaba su piel por el país seguían envíos, no serpientes, y su propia etiqueta llegaba después, en la exportación.
Para una pitón silvestre, el rastro del que informa Kering empieza en un edificio. La selva no está en él.
⁂
Cuando la marca es verdadera
En 2006, Colombia empezó a exigir a las granjas de caimanes que cortaran la décima escama caudal de sus crías recién nacidas. La herida cicatrizaba en un «botón de cicatriz» permanente, una marca en el animal vivo que venía a decir: nacido en una granja. Era exactamente lo que le falta al papel: física, llevada por el propio animal, comprobable por cualquiera que mirase la cola. Entonces el Grupo de Especialistas en Cocodrilos informó de que algunas granjas remotas vinculadas a otras más grandes supuestamente tomaban animales capturados en estado silvestre, les quitaban la misma escama, esperaban a que se formara la cicatriz y trasladaban los animales a la granja principal de cría. Si la práctica se produjo tal como se denunció, la marca era auténtica, hecha del modo aprobado sobre un animal auténtico, y mentía sobre su procedencia.
¿Puede declarar una piel?
Si una marca puede fabricarse, quizá se pueda hacer hablar a la propia piel. Si se le hacen cuatro preguntas, las respuestas llegan con grados de certeza muy distintos.
¿Qué especie? Las tres pitones de cola corta, una vez secas, solo pueden distinguirse contando las escamas del vientre. Se puede hacer. Requiere un experto con la piel en la mano, piel a piel.
¿De dónde? El equipo de Natusch probó isótopos estables y elementos traza, las firmas químicas que la dieta y el lugar dejan en los tejidos, con pieles de pitón de origen conocido procedentes de Indonesia y Vietnam. Combinadas, las dos técnicas distinguieron entre regímenes de alimentación y entre orígenes geográficos con una precisión de hasta el 100 %, en un ensayo en el que las respuestas se conocían de antemano, no con cuero anónimo que llega a una curtiduría. En 2016, el equipo había recomendado los isótopos contra el blanqueo. El ADN podría, en principio, asignar una piel a una población silvestre, y los genetistas Gillian Murray-Dickson, Mark Auliya y sus coautores, que estudiaron la estructura poblacional de la pitón reticulada, sostienen que esa estructura debería contar a la hora de evaluar el comercio. Pero el curtido deja «bajas concentraciones de ADN muy degradado y fragmentado». No se conoce ningún programa de ADN que funcione a la escala del comercio.
¿Silvestre o de cautividad? Los ensayos isotópicos distinguieron serpientes criadas con dietas diferentes, que es el indicador indirecto de la alimentación en granja. En 2014, Natusch y Jessica Lyons propusieron que los criadores guardaran las cáscaras de los huevos como prueba de cría, para que los agentes encargados de hacer cumplir la ley las recogieran y destruyeran cada año y no pudieran reutilizarse. No hay indicios de que la idea se convirtiera en rutina. El botón de cicatriz fue la respuesta de Colombia a la misma pregunta, y los especialistas han contado cómo salió.
¿Es la misma piel de principio a fin? Las etiquetas de exportación de Indonesia, cada una registrada en un permiso, siguen a una piel desde la ventanilla de exportación. La base de datos de pieles de Luisiana sigue a un aligátor desde el cazador o la granja hasta el envío. La base de datos de la CITES aprobada en 2025 examinaría las declaraciones de cría en cautividad, no seguiría pieles individuales.
Los autores del estudio de isótopos marcaron ellos mismos el límite. Sus métodos, escribieron, serían más aplicables y rentables «para especies con poblaciones pequeñas que suscitan una verdadera preocupación de conservación, más que para el comercio de gran volumen de especies que corren poco riesgo de conservación». En sus propios términos, es un criterio razonable. ¿Para qué gastar dinero escaso en proteger una serpiente abundante?
Pero es un criterio de conservación, y la pregunta a la que responde un permiso es de legalidad: ¿es cierto el origen declarado de esta piel? Un método forense poco rentable para conservar una especie común puede seguir siendo el único control independiente frente a un permiso falso. El criterio del coste responde a una pregunta que no se hacen ni el comprador ni el agente de aduanas. Nuestro artículo sobre el palisandro, «El bosque de papel», plantea la misma pregunta a la madera.
Contar serpientes que nadie ve
El argumento a favor de la sostenibilidad descansa en una comparación. Los técnicos de Natusch examinaron más de 4.200 pitones capturadas en Sumatra en muestreos de 1995 y 2015, y constataron que el número, el tamaño corporal medio, el tamaño de las puestas, la talla de madurez y la proporción de serpientes gigantes no habían disminuido. «Así pues, pese a las suposiciones en sentido contrario», escribieron, «la captura parece ser sostenible». De esos mismos veinte años de estabilidad concluyeron que los cupos están por debajo de lo que las poblaciones pueden soportar. La evaluación mundial de 2026 extiende el veredicto a las pieles de reptil en general.
La misma línea de investigación empezó con más cautela. En 2012, el informe del ITC, con Natusch entre sus autores, advertía con preocupación de que se sacrificaban muchas pitones antes de que alcanzaran la madurez sexual, y recomendaba un enfoque de precaución.
Conviene fijarse, sin embargo, en qué contó la comparación posterior: serpientes que llegaron a los centros de procesado. Las serpientes que llegan a un matadero son una muestra del matadero. Ese es el núcleo de la objeción de Nijman; no hay, escribe, «sustituto para el seguimiento de las poblaciones silvestres». Que los rasgos de las serpientes sacrificadas se mantengan estables no demuestra por sí solo que los números en la naturaleza lo estén. Si los cazadores van más lejos o trabajan más horas, un matadero puede seguir recibiendo serpientes del mismo tamaño mientras cambia, sin que se note, la zona de la que proceden. Las cifras del propio Nijman proceden de otra especie, la pitón sanguínea: los mataderos muestreados en Sumatra del Norte procesaban unas 27.000 al año frente a un cupo de 18.000. No dicen nada sobre la biología de la pitón reticulada, pero muestran cuánto puede alejarse un recuento en el centro de procesado de la cifra que consta en el papel.
Murray-Dickson, Auliya y sus coautores insistieron en un punto relacionado. Las conclusiones sobre sostenibilidad, argumentaron, corren el riesgo de «ignorar por completo la cuestión de la dinámica del comercio». Su estudio trata de cómo se divide la pitón reticulada en poblaciones diferenciadas, y por eso el origen de una piel importa en lo biológico además de en lo legal. Un total nacional puede parecer sano mientras una población se explota a fondo.
La mejor respuesta de los defensores es que contar la selva es tremendamente difícil. En Sabah, un equipo del que formaba parte Natusch realizó 527 muestreos estandarizados en riberas y encontró 83 pitones reticuladas: técnicos formados que buscan específicamente serpientes gigantes encuentran muy pocas. Si una búsqueda sistemática da eso, sostienen los autores, los muestreos repetidos de serpientes capturadas son una base más fiable para juzgar la sostenibilidad. Los reguladores tampoco lo han resuelto; los vaivenes de la UE con las pieles de Malasia peninsular son la versión oficial de la misma incertidumbre.
La financiación va en ambas direcciones. La alianza de Kering financió el trabajo en Sumatra; el estudio genético que criticó sus conclusiones recibió financiación de LVMH. Ninguno de los dos hechos zanja nada. Las preguntas que vale la pena hacer son de método: qué se contó, dónde y si puede representar a la selva.
Y la pelea por la sostenibilidad, acabe como acabe, deja la cuestión de la legalidad donde estaba. Una captura perfectamente legal podría seguir agotando una población mientras las cifras nacionales parecen estar bien.
Lo que compra ser dueño de la granja
World Animal Protection, una organización que hace campaña contra la cría de cocodrilos, calculó en 2021 que Australia suministraba alrededor del 60 % del comercio mundial de pieles de cocodrilo marino, dos tercios de ellas procedentes del Territorio del Norte. Se creía que Hermès y Louis Vuitton poseían o controlaban la mayoría de las granjas del territorio, y la cadena ABC informó de que los propietarios de granjas compradas por las marcas firmaron acuerdos de confidencialidad. En 2021, una empresa controlada por Hermès planeaba convertir una antigua plantación de melones y plátanos en Lambells Lagoon en unas instalaciones para 50.000 cocodrilos. El operador dice que la primera fase funcionaba a principios de 2021 y la segunda a principios de 2022. Su nueva licencia de protección ambiental, que cubre las operaciones con residuos, vence en abril de 2036.
En cuanto a las pieles, Hermès remite a los certificados ICFA de sus granjas, auditados por BSI. La norma es amplia: abarca el bienestar, la trazabilidad y la integridad del producto, y la biodiversidad y la gestión ambiental, con auditorías independientes anuales. El informe de Hermès no da los resultados de las auditorías.
El bienestar entra en el mismo cálculo: LVMH incluyó 116 criterios de bienestar animal en su propia norma para cocodrilos, PETA dirigió sus imágenes de pitones contra granjas que, según dijo, abastecían a la curtiduría de Kering, y el responsable de moda de Chanel dijo que cada vez era más difícil conseguir pieles de forma ética. Leídos juntos, esos casos sugieren que la prueba del bienestar recae en la marca, que puede intentar responderla en las granjas que posee o audita o, como Chanel, dejar de comprar.
Luego están los animales de esas granjas, que proceden, como dice Hermès, principalmente de huevos silvestres recogidos con cupos que fijan las autoridades locales. Especialistas de la UICN describieron su suministro australiano como procedente de una población que se había recuperado de la devastación hasta acercarse a la capacidad de carga. Así que un certificador audita la granja y el Estado fija el cupo de huevos. Dos controladores, dos pruebas: el problema de las tres pruebas otra vez, en versión cocodrilo. La propiedad acorta la distancia entre la granja y la curtiduría, pero deja la recogida de huevos donde estaba.
¿Ayuda la cría en granjas al animal silvestre? Hay una cosa documentada: reponer las existencias en cautividad con animales capturados en la naturaleza es un problema recurrente en la cría de fauna silvestre. Otras dos afirmaciones sobre la cría en granjas son hipótesis. Natusch y Lyons apuntaron en 2014 que la cría de pitones en ciclo cerrado, desconectada de la naturaleza, «puede crear incentivos comerciales que favorezcan la extinción», al aumentar el valor de los ejemplares en cautividad, y que reparte los beneficios entre menos personas que una captura silvestre sostenible. A Sarah Veatch, de la organización de bienestar animal Humane World for Animals, le preocupa la retroalimentación contraria: los mercados legales, sostiene, normalizan y legitiman las pieles silvestres y hacen crecer su demanda. En el caso de las pitones, ambas siguen siendo hipótesis.
Y luego hay una cuarta prueba, una que el permiso nunca pretendió cubrir. En septiembre de 2025, la cadena ABC informó de niveles elevados de E. coli en Lambells Lagoon. El propio informe de seguimiento del operador, presentado ante el regulador ambiental del Territorio del Norte, registra 3,6 millones de unidades formadoras de colonias de E. coli por cada 100 mililitros de agua en el pívot de riego de la granja el 27 de marzo de 2025. Bithin Datta, especialista en aguas subterráneas, advirtió de riesgos de contaminación que «se extienden más allá de los límites de la propiedad». El regulador calificó el incumplimiento notificado como de bajo riesgo ambiental.
La propiedad dice quién es responsable de una granja. No dice qué encontraron allí los auditores.
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Owen Parker. “Lo que puede probar una piel de pitón legal.” Eikleaf, 2 de noviembre de 2026. https://www.eikleaf.com/es/what-a-legal-python-skin-can-prove/
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Multimedia
Curtiduría de pieles de pitón, Nigeria – Wikimedia Commons (Foto: Aminucrus, CC BY-SA 4.0)
Pieles de pitón en Mandalay – Wikimedia Commons (Foto: Wagaung, CC BY-SA 2.0)
Un delegado chino suelta un aligátor joven – U.S. Fish and Wildlife Service, Wikimedia Commons
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